De nuestro Minister Templi
En la noche de la Encarnación, atestiguan los evangelios, mientras la humanidad dormía el sueño humano, Dios completó y definió, de una vez por todas, la obra de la Creación con la obra de la Redención, que el Señor asumió deliberada y libremente en su carne para la plena felicidad de sus criaturas.
Todavía hoy, la noche del sueño humano parece extenderse envolviendo con su torpor las mentes y los corazones de la humanidad. Más aún, hoy esa noche parece haber llegado a su cumplimiento: dentro y fuera del recinto de Pedro, ese Redil cuya puerta es Una sola y debe atravesarse para hallar en él refugio y salvación (cf. Jn 10, 1-21), el hombre, ya no peregrino sino errante, parece haber olvidado su propio «yo» y haber trocado su imagen y semejanza con el Creador. Pero también en esta noche, hecha más oscura por el obrar liberticida de Satanás y por quienes, cada vez más, cooperan sin saberlo en su infame batalla, una Estrella nos mantiene despiertos y vigilantes, conscientes de que el Sol ha de venir.
¡Es la Estrella que lleva el más hermoso nombre humano: María!
Quienquiera que seas,
que en el fluir de este tiempo te das cuenta de que,
más que caminar sobre la tierra,
te balanceas entre borrascas y tempestades,
¡no apartes los ojos del resplandor de esta estrella,
si no quieres ser vencido por la borrasca!Si eres sacudido por las olas de la soberbia,
de la ambición, de la calumnia, de los celos,
mira la estrella, invoca a María.Si la ira o la avaricia, o los halagos de la carne
han sacudido la navecilla de tu alma, mira a María.
Si, turbado por la enormidad de los pecados,
si, confuso por la indignidad de la conciencia,
comienzas a ser tragado por el abismo de la tristeza
y por el abismo de la desesperación, piensa en María.Que no se aparte de tu boca ni de tu corazón,
y para obtener la ayuda de su oración,
no olvides el ejemplo de su vida.
Siguiéndola no puedes extraviarte,
rogándole no puedes desesperar.Si ella te sostiene no caes,
si ella te protege no cedes al miedo,
si ella te es propicia alcanzas la meta.(San Bernardo de Claraval)
Como Madre solícita, atenta a los detalles, dispuesta a la gracia, custodia de los secretos latidos del Hijo Divino, Ella continúa su obra materna de corrección, solicitud y consuelo hacia todos nosotros, sus hijos en el Hijo. Tendamos el oído y el corazón hacia Ella, que todavía nos señala en la persona de Cristo, su Hijo y Señor, la meta hacia la que orientar alegrías y dolores, pruebas y glorias, sufrimientos y deseos de bien. No reduzcamos nuestra devoción a Aquella que, canta el poeta, es «de esperanza fontana vivaz» y «en cuyo vientre se reavivó el amor» (cf. ALIGHIERI D., Divina Comedia, III, XXXIII) a una ritualidad sin existencia.
Como María dispuso su cuerpo y su alma para que en ellos habitara el Verbo de la vida, imitémosla: encarnando en unidad, custodiándolos en los sagrados mantos marcados con el Sello del Cordero y con los juramentos prestados, el Evangelio y la Fe.
Bajo el amparo y la protección materna de Aquella que desde el madero de la Cruz hemos recibido gratuitamente como Madre y Soberana (cf. Jn 19, 26), en la viva comunión de los Santos y de los Bienaventurados que, mirando a Cristo, resplandecen de la Luz que disipa las tinieblas, avancemos seguros tras el Amén de Dios (cf. Ap 3, 14), junto al Cual hemos sido llamados y del Cual no queremos jamás separarnos ni huir, como hicieron Adán y Judas y muchos otros sin retorno y sinvida.
Si aun así sucediera, que la Fraternidad que nos une, mucho más que la humana fraternidad de sangre, con su oración y su cercanía, su corrección e indulgencia, nos recuerde lo que san Agustín proclama y la Liturgia canta a lo largo de los siglos hasta nosotros: « O felix culpa, quae talem ac tantum meruit habere Redemptorem» («Feliz culpa, que mereció tener tal y tan grande Redentor»).
Este es el método para una vida presente cumplida y el premio de felicidad que nos espera en el Reino: la Misericordia de Dios que, «lento a la ira y grande en el amor» (Sal 102, 8), atrae al pecador al arrepentimiento, del arrepentimiento a la conversión, de la conversión al testimonio, extinguiendo en el corazón la desesperación y esa indignidad efímera que lleva a la separación de Dios e introduce el pecado que ni en el cielo ni en la tierra será jamás perdonado (cf. Mt 12, 32).
No nos cansemos de anunciarlo con la palabra humilde pero segura: nuestra vida está manchada por el pecado pero ha sido redimida por la Sangre del Cordero que con su Santa Cruz y Resurrección ha redimido el mundo.
No somos mejores que nadie; más bien, ¡somos más pecadores que todos! Pero con la conciencia de que Cristo nos ha salvado de la desesperación y tiende permanentemente su mano a todos los que humildemente sienten la necesidad de su Presencia y de su potestad salvadora: «Dómine, non sum dignus ut intres sub tectum meum; sed tantum dic verbo et sanábitur ánima mea» («Señor, no soy digno de que entres bajo el techo de mi casa, pero una sola palabra tuya bastará para sanar mi alma» – cf. Mt 8, 8).
Él, que ha prometido, Uno con el Padre y el Espíritu, por boca de los profetas: «Aunque vuestros pecados fueran como escarlata, se volverán blancos como la nieve. Si fueran rojos como la púrpura, se volverán como lana.19 Si sois dóciles y escucháis, comeréis los frutos de la tierra.20 Pero si os obstináis y os rebeláis, seréis devorados por la espada, porque la boca del Señor ha hablado» (Is 1, 18-19), no falta ni faltará jamás a su Alianza.
¡Abrámosle el Corazón!
Dejemos que sea invadido en su totalidad por la Caridad que es Cristo (1 Co 13), la única que nos impulsará hacia adelante.
¡Abrámosle la mente!
Dejemos que asuma el pensamiento de Cristo (cf. 1 Co 2, 16); renunciando a lo poco que somos, reencontraremos el todo de aquello de lo que hemos sido hechos partícipes.
¡Abrámosle la vida!
Dejemos que la savia vital penetre en nuestra sangre (cf. Jn 15, 1 ss) para que también en nosotros suceda el milagro de repetir con san Pablo: «ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí» (cf. Ga 2, 20).
Recordémoslo, suceda lo que suceda: «Ninguno de nosotros vive para sí mismo y ninguno muere para sí mismo, porque si vivimos, vivimos para el Señor, y si morimos, morimos para el Señor. Sea que vivamos, sea que muramos, somos, pues, del Señor» (Rm 14, 7-8).
Que el Amén, Aquel que era, es y será, imprima al final de nuestros días su sello acogiéndonos como los últimos en la hueste de nuestros santos padres, valerosos e intrépidos caballeros de Dios, que han combatido el buen combate, terminado la carrera y conservado la Fe (cf. 2 Tm 4, 7).
¡El hombre moderno, tan aparentemente seguro de sí mismo y de sus progresos y, en su intimidad, sin embargo, tan frágil, necesita a Dios!
Solo si sabemos dejarnos aferrar por Él; si sin temor sabemos y queremos ir adonde Él, por medio de su Esposa, la Iglesia, nos indique; si sabemos permanecer humildes y sin pretensión humana; si sabemos de Él, entonces podremos dar respuesta al eco de la antigua pregunta «¿A quién enviaré? ¿Y quién irá por nosotros?» (Is 6, 8a) con la misma voz del profeta: «Aquí estoy, envíame» (Is 6, 8b). No es tiempo de «oler a oveja»: ¡es tiempo de oler a Cristo!
“Deus, refùgium nostrum et virtus, famulos ad te clamàntes propìtius rèspice: intercedènte gloriosa et immaculàta Vergine Dei Genitrice Marìa, cum beato Joseph eius sponso ac beatis Apostolis et Sancte Michael Archangele, quas pro conversiòne peccatòrum, pro libertàte et exaltatiòne Sanctae Matris Ecclèsiae, preces effùndimus, misèricors et benìgnus exàudi.”.
«Oh Dios, refugio y fortaleza nuestra, mira con bondad a tus siervos que te invocan: por intercesión de la gloriosa María Inmaculada, Virgen y Madre de Dios, de san José su esposo, de tus santos Apóstoles y de san Miguel Arcángel, escucha, Tú que eres bueno y misericordioso, las oraciones que te dirigimos por la conversión de los pecadores, la libertad y el triunfo de la Santa Madre Iglesia».
Minister Templi