Desde sus orígenes más remotos, el canto ha sido siempre una de las expresiones más vivas del alma humana y una de las principales formas de comunicación capaces de transmitir sentimientos y emociones con gran eficacia.

   De todas las culturas pertenecientes a los distintos pueblos de nuestro planeta, el cristianismo es quizá la que mejor ha sabido desarrollar y vivificar el arte del canto, para dar gracias al Creador, exaltándolo hasta el punto de querer hacer todo lo posible por tratar de mantenerlo extremadamente puro, incluso en comparación con todas las demás formas de arte. Todos estamos de acuerdo en que si los monjes medievales utilizaban única y exclusivamente el canto «a cappella» -es decir, sin acompañamiento de instrumentos musicales-, lo hacían para evitar que los fieles se distrajeran durante los oficios litúrgicos y corrieran así el riesgo de perderse el sentido de las palabras. Es cierto que el texto que se iba a cantar estaba en latín, y la mayoría de la gente tenía dificultades para entenderlo, ya que estaban acostumbrados a hablar en la lengua vernácula en la vida cotidiana, pero otra razón mucho más plausible podría ser la exaltación de la voz humana como única fuente de sonido digna de alabar a Dios: la voz viene de Él, por lo tanto es pura; los instrumentos están hechos por las manos impuras de los hombres, por lo que no son dignos de acompañar y apoyar la oración. Se puede encontrar una cierta analogía con el islamismo, que considera que la iconografía, en general, es fruto de la idolatría y blasfemia hacia Alá, porque sólo Él sería capaz de crear formas humanas y animales que el hombre, por el contrario, no puede pretender realizar. A partir de aquí, sin embargo, es bastante difícil determinar si fueron los monjes católicos quienes tomaron ejemplo de los musulmanes o exactamente lo contrario. Tal consideración podría ser el resultado de la constatación de que en Tierra Santa, durante el periodo de las Cruzadas, los intercambios culturales eran muy frecuentes, lo que brindaba la oportunidad de un crecimiento y un desarrollo muy fructíferos.               

   La elección de utilizar un canto específicamente coral, como en el caso emblemático del «gregoriano», significaba que el objetivo principal era crear una unidad fraternal entre los elementos individuales; empujaba a la gente a identificarse con la sociedad en la que vivía, buscando en ella apoyo y fuerza. Si, para la opinión pública, la herencia de la Edad Media sigue siendo el legado de un largo período de oscurantismo grosero e irreversible, estoy, en cambio, sumamente convencido de que esta expresión podría aportar a la comunidad ese sentido de espiritualidad capaz de exaltar al ser como tal, a diferencia de la música vocal de los siglos posteriores, en la que el canto solista conduciría a la búsqueda desenfrenada de la afirmación del individualismo, ¡la antesala del materialismo más egoísta!

 Entre las diversas órdenes monástico-caballerescas, como los Hospitalarios, los Caballeros Teutónicos o los Templarios, la música no parecía gozar de gran estima, aunque los himnos y salmos demuestran todo lo contrario. Tal vez la verdadera razón de esta escasez se deba a que los gloriosos monjes-guerreros -como los templarios- trabajaban en el mayor sigilo y anonimato: creaban maravillosas obras de arte y construían artefactos de gran precisión y eficacia para luego ofrecerlos a la comunidad con la dedicación de quien trabaja como si fuera a «vivir eternamente» y con el espíritu de quien se afana «como si viviera su último día».

   Los cantos de esta antigua Orden contienen y expresan su doble esencia de monjes y guerreros al mismo tiempo: la fe en Cristo, por un lado, y la tenacidad en la batalla, por otro. La espiritualidad de los primeros, con un coro uniforme y disciplinado, y el coraje de los segundos, en un estallido de trompetas y redobles de tambor. 

       

 

Fra Luigi Fiorentini

L’altra faccia della musica, Policoro – MT, Herkules Books, 2018